Arena para gato
El día que el ángel nos sentenció, yo tenía que ir al Seguro a pedir la receta de Damián, pasar por una tinta del plotter al centro y comprar, al menos, un kilo de arena para gato.
Damián se ponía muy ansioso e impredecible si pasaba un día o dos sin tomarse la pastilla y tardaba un par de días en recobrar la estabilidad. La tinta que nos faltaba, la púrpura, la que menos se utiliza, pero que aun así el plotter pide para imprimir aunque sea en blanco y negro, habíamos anticipado comprarla un mes antes por lo escasa que es, y justo fue la que el plotter dejó de leer sin explicación cuando empezaron las entregas finales en la facultad y teníamos una fila enorme de estudiantes esperando sus planos.
Y la mañana anterior, pese a las advertencias de Isa, un descuido y una tormenta eléctrica totalmente fuera de temporada habían convertido el último costal de Misho-kun® recién abierto en un ladrillo gigante, pesado e inutilizable que los mininos trillizos aún así habían intentado no desperdiciar, mientras la casa se iba impregnando cada vez más de un olor a amoníaco casi tan fulminante como la mirada de Isa.
Aquella mañana apenas me dirigía camino al metro cuando la primera luz se percibió: un flashazo como relámpago que llenó en su totalidad un cielo azul, despejado y brillante. Todos lo vimos, pero pocos reaccionamos a él.
En mi caso, recuerdo que no pude evitar subir una ceja y levantar ligeramente una mano, como buscando que alguien más me confirmara que también había notado que no solo el evento había sido anormal, sino que además la duración del flashazo había sido atípica —ligeramente más larga que la de un relámpago normal—, pero definitivamente lo suficiente para notar este detalle.
Solo una señora me devolvió la mirada, haciendo un gesto con los ojos muy abiertos y la boca torcida, como si me quisiera decir: «sí lo vi, pero mejor ni pensar mucho en ello, hijo». Al menos esa fue la frase que construí en mi cabeza al leer sus gestos y ver su paso apresurado, como el mío, en dirección al metro mientras cargaba una mochila negra llena hasta el tope.
Tomé la orden como si hubiera sido dicha tácitamente y seguí mi paso hacia el metro, recordando que aún había un día lleno de pendientes por resolver y que quizás, si no pensaba en nada externo, podría navegarlo sin complicaciones.
El segundo flashazo, cuando se oyó la trompeta, fue más evidente, no solo por el sonido o la duración, sino por la luz púrpura que emitió. Aún recuerdo la sensación en el estómago que me provocó sacar mi celular y verlo pasmado, con una mancha digital igualmente púrpura en el centro.
Inmediatamente supe que no iba a ser un día normal, y eso que realmente había querido aferrarme a la idea de que así lo sería desde cuarenta minutos antes, cuando sucedió el primer flashazo. Esta vez casi todos reaccionamos. Pude ver en varios el reflejo muscular que se activa cuando suena la alerta sísmica, pero la confusión nos impedía saber qué hacer después.
Noté que mi celular no había sido el único dispositivo que fallaba: la tele del puesto de dulces y hasta algunas bocinas actuaron de manera extraña durante esos instantes. La gente comenzó a ponerse aún más nerviosa.
Yo opté por quedarme parado en donde estaba, acercándome un poco a un puesto de tacos para diluir, con la compañía de los que ahí comían, la sensación de ansiedad y miedo que apachurraba mi estómago.
«Que no cierren el Seguro, por favor», pensé, mientras trataba de buscar entre los rostros de la gente a alguien que tuviera una expresión calmada, burlona incluso, como intentando encontrar una señal de que todas mis emociones eran exageradas y que seguramente hoy aún podía ser un día normal.
Intenté fijar mi vista en un señor de baja estatura, gorra de Comex y mochila, quien no se había inmutado y seguía su paso con la seguridad de alguien que sabe que no había que darle mayor importancia al asunto. Intenté aferrarme a él y a su certeza lo más que pude, pero el tercer flashazo —el que abrió el cielo entero con el sonido del aire siendo cortado a máxima velocidad por dos cuchillas invisibles gigantes— me sorprendió tanto que por unos segundos mis ojos se desenfocaron totalmente.
La sensación de cómo el señor me soltaba la mano imaginaria que yo le había tendido se amplificó a tal punto que pensé que me desmayaría, o de menos me pondría a llorar.
Cuando recuperé la visión, unos segundos después, ahí ya estaba el Ángel.
Todos le llamamos el Ángel, aunque realmente no tenía ni siquiera parecido al ya famoso biblically accurate angel, si acaso el orificio en el centro que asemejaba un ojo. Quizás llamarle el Ángel es la necedad de no querer aceptar que era Dios, el dios o un dios, cualquier dios.
Encuentro una pequeña sensación de alivio global al degradarlo a ser solo un ángel, un acólito de alguien más, el mensajero mas no el mensaje.
A mí me gusta describirlo más como la fachada de un edificio moderno, de esos que tienen membranas de cristal y curvas semiorgánicas, con valles y crestas compuestos en un orden áureo. La membrana que asemejaba cristal parecía compuesta de paneles geométricos teselados de colores semisólidos, que a su vez estaban compuestos de cristales geométricos más pequeños de colores y tonos diferentes, como los leds de la tele que con tres colores forman todo el espectro de luz.
Cuando pienso en el ángel, pienso en él más como un lugar que como un organismo, un conjunto arquitectónico cuya dimensión podía cubrir casi por completo el cielo y que, a pesar de eso, la luz del día no pareció modificarse en lo más mínimo. Nadie recuerda haber notado algún tipo de sombra proyectada cuando les pregunto al respecto.
«Ojalá que no cierren hacia el centro», pensé esta vez. Inmediatamente me dio vergüenza este pensamiento. Seguramente el mundo estaba a punto de terminar, quizás una nave nodriza estaba dando inicio a una invasión alienígena, y mi mente, hiperfocalizada en
estúpidos pendientes, ni siquiera pudo pensar en Damián, en Isa o, de perdida, en los trillizos.
No: mi primer pensamiento al encontrarme con la vastedad de la existencia fue en la necesidad de echar a andar el plotter y salvar lo que quedaba de la temporada alta para poder pagar la renta del local y el departamento sin atrasos, al menos este mes.
Incluso el señor de la gorra de Comex se encontraba arrodillado con los ojos cerrados y las manos en alto mientras rezaba en voz baja, o al menos eso intentaba, ya que el llanto que se le escapaba le hacía decir varias frases en un tono muy agudo y alto.
Cuando el ángel emitió las primeras notas de su orquesta, todos guardaron silencio y sus celulares, como si no fuera la primera vez que esto pasaba y el protocolo indicara que deberíamos estar atentos a lo que proseguía.
Los siguientes minutos fueron algo que realmente nadie puede explicar del todo; sin embargo, como civilización, no nos cansaríamos jamás de tratar de hacerlo de todas las formas posibles por generaciones. Desde gente talentosa, artistas, músicos y escritores, hasta señoras terapéuticas de las Lomas y políticos de derecha forjarían carreras enteras hablando de esta experiencia y su forma particular de interpretarla, construyéndose una nueva vida que no hubiera podido llegar de no ser por el Ángel y su irrupción.
A veces me pregunto si yo hubiera podido subirme a ese tren y hacer algo con eso si hubiera tenido la oportunidad de dejar el plotter unos días: quizás un libro, una pintura, un meme... algo antes de que se volviera, al menos para mí, el tema más trillado y sobreexplotado —incluso comercialmente— del mundo, y todo ya se hubiera dicho al respecto para cuando yo tuviera tiempo de actuar.
Lo que pasó yo lo entiendo de la siguiente forma: el Ángel entonó una especie de música totalmente ajena a todo lo que se ha oído jamás y nos indujo a una especie de alucinación; en esta, había un mensaje.
Con el tiempo se ha logrado encontrar cuatro principales alucinaciones, o “los cuatro sueños”, como les llamó oficialmente la ONU:
1. La Ofensa
2. El Consuelo
3. La Sentencia
4. La Despedida
A mí me tocó el sueño del ángel dando a entender que nos dejaba. «No estaba enojado, solo decepcionado», me dice Isa siempre que lo cuento. Había como una disculpa y una justificación. Con el tiempo se categorizó como el cuarto sueño: La Despedida.
A Isa y a Damián les tocó el tercer sueño. Damián dice que él lo entendió como que nos quitaban la visa cósmica. Isa dice que la espiritual; además, ella vio un portal cerrarse y la sensación de ser Indiana Jones no logrando cruzar la compuerta antes de que se cerrara no la dejó durante días.
Yo sé que lo dice en ese tono gracioso tan característico de ella, pero Damián me contó meses después que Isa estaba llorando desconsoladamente cuando regresaron del sueño número tres, La Sentencia, y a veces noto que ya casi nunca cierra ninguna puerta que no sea estrictamente necesario que permanezca cerrada.
Hay mucha gente —los menos, irónicamente— que no tuvo ninguno de los cuatro sueños, y su narración personal difiere de todos los cánones detectados y clasificados a través de años de estudio.
Marcos, el chico que nos ayuda en el plotter, jura que él soñó con una ciudad subterránea destruida por una guerra, y Mamá Ventura dice que ella oyó a todos sus ancestros cantar Cien años, la canción y la duración. A nadie más he oído que coincida con ellos en nada.
Sé que no soy el único que se siente un poco decepcionado de haber tenido el sueño más «genérico». Al parecer, mucha gente tuvo el sueño que yo tuve exactamente de la misma forma, con los mismos colores y formas, siendo aquí el narrador responsable de elevar la experiencia con su elocuencia.
Incluso recuerdo que en el Seguro —que por suerte no cerraron ese día— una enfermera que suele tratarme mal cuando ve mi receta toda doblada, me narró mi sueño de una forma tan bonita que me conmovió tanto o más que mi propia experiencia.
Mientras que en los otros tres sueños, aunque coinciden en la temática general, hay un sinfín de variaciones de dónde apoyarse para hacer cada narración individual digna de oír de nuevo, y a veces siento un poco de envidia cuando en las fiestas y reuniones todos le piden a Damián que cuente de nuevo «su versión» y yo solo puedo participar en las narraciones de nuestro sueño asintiendo al relato de alguien más carismático que yo.
Cuando por fin nos encontramos los tres en el departamento aquella tarde, nos dedicamos a mostrarnos los tuits, los audios virales y a ver una y otra vez los poquísimos videos legibles que existen del ángel y la poca justicia que le hacen.
Por la noche, ya cuando al fin nos fuimos a acostar después de un largo día de comparar experiencias entre nosotros, con vecinos, familiares y amigos en otras latitudes, Isa me preguntó mientras nos desvestíamos:
—Javier, el departamento ya huele horrible, ¿sí compraste la arena?
—No me dio tiempo, amor —le dije—. Mañana paso camino al plotter sin falta.