Tamaño Carta (Camila)
No podría asegurar quién llegó primero: si el cartel o yo. En las últimas cuadras antes de llegar al estudio fotográfico donde trabajaba, el cartel era la única pieza que no se había rendido. He caminado estas calles lo suficiente para saber que la ciudad no crece, solo se despoja de su piel.
He visto negocios de toda la vida que mueren para dar paso a locales de una limpieza insultante, espacios donde solía vivir gente, vacíos de todo menos de pretensión. Observo las fachadas renovarse con ese diseño genérico que tanto entusiasma a los inversionistas, una arquitectura cobarde hecha de materiales que no envejecen, porque para envejecer hace falta tener memoria. Es un estilo aplanador diseñado para que nada se le pegue: ni la suciedad, ni el compromiso, ni las historias. Pero, de alguna forma, el cartel resistía; su papel bond era lo único que conservaba una pizca de carácter; él no aceptaba el olvido que la ciudad intentaba imponer por decreto.
El cartel a veces era nuevo: una hoja bond tamaño carta blanca y brillante, con una impresión a color que insistía en su brillo; una renovación que casi siempre coincidía con el inicio del ciclo escolar. Otras veces lo encontraba vencido, amarillento por el sol y asfixiado bajo anuncios de cuartos en renta o cursos de francés. Pero incluso así, bajo la mugre y el papel de otros, reconocía ese verde brillante, ese pigmento que se negaba a desvanecerse contra todo pronóstico, como si la tinta tuviera más voluntad de permanencia que la gente que pasaba de largo.
Lo que sí puedo asegurar es que el impacto al verlo siempre era seco y doloroso. Cada día laborado con normalidad terminaba siendo una herida, un golpe que recibía siempre en el mismo sitio. A pesar del daño inminente, mi cerebro y mis ojos siempre ejecutaban la misma coreografía suicida en centésimas de segundo, un mecanismo que nunca llegaba a abortar a tiempo; era como el imbécil de los gags de comedia que pisa un rastrillo y recibe el impacto en la cara, sin importar cuánto intentara medir el paso.
Primero mi vista se plantaba en el centro del cartel: un loro impreso a color, parado sobre una pata y levantando la otra sobre el columpio de su jaula como saludando. Era una imagen con una composición tan limpia y pura que, por puro instinto visual, arrancaba un esbozo de sonrisa. Pero era una trampa. Inmediatamente después, veía el encabezado: SE BUSCA. El golpe me detenía el aire con una fuerza que solo se amortiguaba con esos números telefónicos que nunca memorizaba por miedo a pedir respuestas a quien no me las debía. El remate llegaba como un gancho limpio y certero: CAMILA, TE EXTRAÑAMOS, REGRESA POR FAVOR. El letrero cumplía su función; atravesaba cualquier defensa e implosionaba en mi pecho.
Sé que todos los carteles de mascotas perdidas me han dolido desde que tengo memoria; Camila no es ni de cerca mi primer rodeo. Ese formato donde debe caber tanta información
útil como sea posible y, al mismo tiempo, contar la historia más urgente del mundo (al menos para el autor). Para mí, ese es el género literario más trágico que existe.
Incluso recuerdo la primera vez que la pérdida me obligó a coautorar, con ayuda de mis padres, uno de los malditos carteles. De un momento a otro me convertí en un improvisado y severo director editorial de la tragedia, operando con la sangre fría de un veterano. Me obsesioné con la fuente más legible, el centrado más funcional y la distribución más eficiente y, sobre todo, la imagen que mejor capturara todos los ángulos posibles desde los que se pudiera contemplar al protagonista, y que esta contara a su vez lo amado y necesario que era en mi vida. Lo hacía con las manos temblorosas pero la mente afilada, sabiendo que en este oficio cada decisión mal tomada —un color apagado, un interlineado torpe— afectaba las probabilidades de éxito de forma fatal; un error de diseño no era solo una falta de estética, era una condena silenciosa contra cualquier posibilidad de retorno.
…la realidad obliga a comprimir lo insoportable en formatos funcionales..
Todo esto, naturalmente, devastado por ver sobre mí el evento específico que había querido evitar que me sucediera a toda costa en mi corta vida, y enardecido al descubrir tan temprano que ninguna precaución o diseño es suficiente cuando compartes el mundo con el desinterés y la negligencia ajena. Esa fue la epifanía más amarga: puedes dedicar tu vida a construir un refugio, una historia, un formato, pero siempre habrá una mano descuidada o un azar estúpido que abra la brecha por donde se escape todo lo que amas, y a nadie más que a ti le importará.
—Mantener a salvo a alguien es una batalla casi perdida contra la apatía y el desinterés del resto del mundo —suele decir Eli.
Pero este letrero tenía una particularidad que lo hacía parasitar mis neuronas y ventrículos: conocía sus tripas y admiraba su necedad. Mi trabajo en el estudio fotográfico consistía en plastificar la memoria, inmortalizar parpadeos de añoranza y dar gramaje al luto. Había pasado años ajustando el brillo de ojos que ya no ven, centrando textos de ausencias que nunca regresan y revelándolas al mundo para una posteridad que alivia un poco —casi nada, pero mucho— el hueco que dejan; por eso, ver a Camila me dolía también con precisión técnica. Sabía lo que costaba esa tinta y sabía que ese papel bond de 90 gramos por metro cuadrado era el límite de un presupuesto apretado; no era el papel que usaría alguien con dinero, pero era lo suficientemente digno para que la cara de ese loro aguantara el sol una semana más de lo que debería. Cada renovación puntual al inicio del ciclo escolar me caía encima como una emboscada; una cubetada de agua fría diseñada a mi medida que me obligaba a contemplar una tragedia que se negaba a soltarme. Me dolía que la ciudad, que la vida, no tuviera la maldita decencia de devolver a Camila, pero también que los dueños, enfermos de esperanza, no tuvieran tantita piedad con mi corazón de rendirse.
La primera vez que le hablé a Eli sobre Camila fue más por necesidad que por decisión propia. Llegué a casa con el rostro desencajado tras un mal día, y ver el cartel antes de abordar el camión de regreso había cortado el diminuto hilo del que pendía mi fortaleza: «Camila, hoy no, por favor». La reacción de Eli fue todo lo que imaginé que sería y más: me
dio un beso en la frente, me tomó de la mano, me miró a los ojos y me dijo:
—Te amo porque este es el tipo de cosas que te afectan, y sé que tú me amas porque ahora yo también quiero salir a buscar a Camila—. Y tenía razón; siempre la tiene.
Creí que una vez fuera de mi pecho, esta pena dejaría de atormentarme y Camila y yo haríamos por fin las paces. Pero la pena no consistía solo en guardarla, sino en saber y ser recordado de su existencia perpetuamente; la confesión solo fue un bálsamo temporal. La verdadera y atesorada ganancia fue ver el amor de Eli manifestarse a raíz de esto en sus intentos burdos e ineficaces por evitar que yo viera más carteles cada vez que salíamos a reconocer nuestra calle. Mientras más conmovedor o desgarrador era el cartel en cuestión, más torpe y cómicamente contraproducente resultaba su esfuerzo por cubrirme los ojos y filtrar el mundo para mí. Incluso terminamos por hacer de esos paseos una búsqueda, una extraña forma de patrullaje compartido; aprovechábamos esas salidas para caminar con la barbilla en alto, escaneando las copas de los árboles con la fe de los náufragos, esperando que un destello verde entre las hojas nos confirmara que la esperanza no era un pasatiempo inútil.
Yo sé que Eli nunca lo preguntó porque seguramente ya sabía la respuesta —al final nadie me conoce más que ella—, pero me parecía una duda válida y me sorprendía que nunca, ni por asomo, me lo plantease: «¿Por qué no cierras los ojos?».
Yo mismo me lo había preguntado. Siempre, tres metros antes de llegar al poste, mi cuerpo buscaba cómo salvarme. Sentir el impulso eléctrico en los párpados, esa orden de mi cerebro para cerrarlos y regalarme tres segundos de paz en la oscuridad. Era una maniobra de defensa: “quizás si hoy no lo veo, el dolor no será mío”. Pero me obligaba a mirar. Siempre me obligaba a hacerlo. Me avergonzaba la tentación de ser un cobarde que ignora el duelo ajeno; me obligaba a recordar que Camila es aún buscada, extrañada y, sobre todo, amada. No mirar era traicionar la esperanza y todos esos carteles que alguna vez pegué yo mismo, y que, quizá, si alguien hubiera reparado en ellos, hoy cargaría un hueco menos en mi colección.
Esta situación incluso me puso en la posición de un guardián silencioso. En una ocasión, vi a un tipo pegar un cartel de coaching justo encima del pecho del loro, como si no fuera nada, como si su estafa tuviera más relevancia que la esperanza enfermiza de alguien. Esperé a que doblara la esquina y, con una rabia fría, arranqué la hoja recién puesta. Me pareció un insulto que sus promesas de éxito vacuo pretendieran asfixiar ese rastro de angustia. Él no me vio quitarlo, pero yo sentí el alivio de devolverle el aire a Camila.
—Otra vez ese pinche loro, ya wey, por favor me deprimes —, oí decir a un grupo de estudiantes mientras reían detrás de mí, lo cual solo punzó más en mis heridas. No los culpo, al menos comparten mi dolor. Pero me aterra pensar que el futuro le pertenezca a la anestesia; que la gente se sienta tan cómoda en tan pequeño privilegio que le haga confundir su fastidio con un deseo de borrado, y que crean que el mundo se arregla silenciando a los incómodos. Me aterra pensar que a veces yo también he dicho en mi cabeza: «Ya, pinche Camila, por favor», señalándola como culpable de mi colapso cuando el peso del mundo me aplasta más de lo normal.
El último semestre que trabajé en el estudio antes de que lo cerraran se vio marcado por algo que nunca creí que sucedería. Cuando mi cuerpo inconscientemente se preparaba para el pactado encuentro con el ya familiar dolor, me percaté de que el poste amaneció
desnudo… vacío. Desnudo de ese verde brillante y prístino. En un primer momento, dejé que el instinto de preservación ganara y me permití sentir un escueto alivio. Me propuse, casi con desesperación, contarme una historia de éxito en la cual podría basar una tregua con el mundo y sus estudiantes hartos del pajarraco. Me aferré a esa narrativa durante un par de cuadras, queriendo creer que la ciudad por fin había tenido un gesto de piedad.
Pero al día siguiente, el engaño se desmoronó frente a la evidencia de una nueva capa de pintura gris sobre el poste, tan perfecta que se sentía como una cicatriz cerrada a la fuerza. Sobre ella, un anuncio enorme de una inmobiliaria ocupaba ahora el espacio con una autoridad que no admitía réplicas. Fue entonces cuando el miedo me golpeó con una lucidez amarga: quizás Camila ya no tendría a dónde regresar. No era solo el poste; era la sospecha de que, si ella cruzaba el cielo buscando esa esquina, no solo no encontraría su nombre, sino que quizás ya no encontraría a nadie que la estuviera esperando de ese lado de la calle. Sentí que la ciudad, al apropiarse de ese último centímetro de cemento, había terminado de empujar hacia afuera lo poco que quedaba de las historias de esperanza. Pasaron días, después semanas, y no vi ni una sola pista de su retorno.
Ahora solo la veía cuando cerraba los ojos frente al poste.
Cerré mi etapa en aquel estudio al final de ese semestre sin reencontrarme con el ave, entregué las llaves al dueño que inmediatamente se las entregó al casero y me despedí de esas calles como quien se despide de un viejo amigo de la facultad al cual apenas reconoces en su nuevo traje, sin el pelo largo y la playera desgastada. Creí que el ciclo estaba finalmente clausurado: «Espero que tengas una buena vida, Camila, por favor».
Yo también espero tener una buena vida.
Pero la realidad siempre tiene un sentido del humor retorcido. Hace unos días, instalado ya en un nuevo empleo donde utilizaba mi ojo clínico y habilidades forjadas en la tragedia en cosas donde no había nada realmente importante en juego, donde las miradas antiguas habían sido sustituidas por productos asépticos que no me obligaban a sentir nada y que solo servían para hacer una línea imaginaria ir en dirección creciente perpetuamente, el azar me devolvió a aquella esquina casi irreconocible después de un par de años de ausencia. La mirada se me fue al poste por costumbre, sin expectativas, y ahí, entre carteles en inglés que anunciaban clases de español y departamentos en venta, sentí el impacto seco en el pecho tan vigente como la primera vez.
Ahí estaba. Una hoja bond tamaño carta de una blancura hiriente, protegida por capas nuevas de cinta impecable. Camila seguía en su columpio, levantando la pata, saludando a una ciudad que la ignoraba, mientras yo —que ya era otro hombre, en otra vida, o al menos eso me había querido contar a mí mismo— me descubría de nuevo frente a ese cartel: nuevo, insultantemente limpio, necio, altanero y enfermo de resistencia. Sonreí mientras sentí mis ojos humedecerse.
«Hola Camila, ¿has tenido una buena vida?»